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Las palabras tienen hueso

Parte IV · Capítulo 13

Lo que todavía no sabemos

La pregunta que quedó pendiente

Llegamos al final con una pregunta que el manual ha ido rodeando sin contestar. Ya sabes lo que un código no es. No es un significado: orienta, no dice. No es sólo historia: tierra y rueda no son parientes y aun así se invierten. No es una prueba de parentesco: mucho y much comparten código y sentido, y no comparten historia. Entonces, ¿qué es?

¿Los códigos están en las lenguas, como están las palabras? ¿O los ponemos nosotros?

La respuesta de la endolingüística es más fina que un sí y más interesante que un no. Te la voy a dar con una imagen de astronomía.

Las coordenadas y las estrellas

Los astrónomos dividen el cielo con líneas imaginarias, parecidas a las de latitud y longitud de un globo terráqueo. Con esas líneas pueden decir exactamente dónde está una estrella y seguir su movimiento noche tras noche. Pero esas líneas no existen en el cielo. Ninguna nave las va a cruzar nunca. Son un instrumento, una invención humana.

Y sin embargo, sin ellas no podrías seguir a una sola estrella. Y las estrellas, esas sí, están ahí.

Con los códigos pasa algo parecido. El código es un instrumento: lo sacamos nosotros, con reglas que decidimos (el esqueleto, las siete clases, el orden). Por eso se escribe con símbolos que no pertenecen a ninguna lengua. Pero algo que no es el código sí está ahí: algo que viajó cinco mil años dentro de padre, father, Vater y pedar; algo que se conservó mientras todo lo demás cambiaba. No es una palabra, porque las palabras cambiaron. No es un significado, porque los significados se movieron. No es un sonido, porque hasta los sonidos rotaron. Es una continuidad: una forma que persiste debajo de las formas. El código no la crea. La detecta, como el telescopio detecta la estrella sin ser la estrella.

¿Y qué es, en el fondo, eso que persiste? Aquí el manual llega a su límite, y lo dice sin pena: todavía no lo sabemos.

Una dirección: la cualidad

Lo que sí tenemos es una dirección. La búsqueda no avanza a ciegas. La orienta una investigación filosófica que he ido desarrollando durante años, y que se llama metafísica cuálica. Te la cuento en corto, porque es lo que está en el fondo de todo lo que leíste.

Empieza con una distinción que tú ya conoces aunque no le hayas puesto nombre: la diferencia entre cantidad y cualidad.

Piensa en el rojo. Un físico te puede decir la longitud de onda de la luz roja: un número. Eso es cantidad. Pero ese número no es lo que ves cuando ves rojo. Lo que ves —el rojo tal como aparece, tal como se siente— es otra cosa, y ningún número lo agota. Eso es cualidad. Lo mismo con el sabor de un mango, con el olor de la tierra mojada, con lo que sientes cuando alguien dice tu nombre con cariño. Se puede medir mucho alrededor de esas experiencias. La experiencia misma no se mide: se vive.

La metafísica cuálica toma en serio ese orden de las cualidades. Tiene tres palabras que te conviene conocer:

  1. Habencia. Es una palabra del filósofo mexicano Agustín Basave Fernández del Valle. Quiere decir, más o menos, el «hay» originario: antes de que podamos decir qué es algo, antes de medirlo o nombrarlo, hay. La habencia es ese fondo de todo lo que aparece.
  2. Cualo. Es la unidad mínima de ese aparecer vivido: un instante de cualidad, anterior a los conceptos y a las palabras. Un cualo no es una cosa que se pueda agarrar ni medir. Lo que sí podemos agarrar son sus huellas: lo que deja al pasar. Un sonido, por ejemplo, es una huella.
  3. Logos. Es la palabra, el concepto, la razón. Y la metafísica cuálica dice algo curioso de él: que llega tarde. Primero hay experiencia; después viene la palabra que intenta decirla. El logos trabaja sobre las huellas, no sobre la experiencia misma. Por eso siempre hay algo que las palabras no alcanzan.

¿Y qué tiene que ver esto con los códigos? Mucho. En la endolingüística hay dos terrenos que no se pueden separar. Uno es el de lo que se puede contar y combinar: las consonantes, las clases, los códigos, las inversiones. El otro es el de la cualidad: las vocales que colorean, el ritmo, el endorritmo, la sensación de cada clase. Al primero lo llamamos ámbito cuántico (de cuánto: lo que se cuenta). Al segundo, ámbito cuálico (de cuál: la cualidad). Los códigos son lo más contable del lenguaje. Pero la sospecha de la metafísica cuálica es que lo que viaja dentro de ellos pertenece al otro orden: al de las cualidades que se sienten, no al de las cantidades que se suman.

Fíjate en la simetría, porque es bonita. La filosofía hace con nuestra pregunta exactamente lo que el código hace con las palabras: no dicta la respuesta, señala hacia dónde mirar.

Lo que un grupo comparte sin saberlo

Hay una última idea de la endolingüística que tienes que conocer, porque es de las más importantes y de las más fáciles de malinterpretar.

Si todos los que hablan una lengua comparten sus códigos, su ritmo, su manera de agrupar sonidos, y casi nadie sabe que los tiene, entonces un grupo de hablantes comparte algo que no sabe que comparte. La endolingüística llama a eso inconsciente compartido.

Conviene decir enseguida lo que esto no es. No es el «inconsciente colectivo» del psicólogo Carl Jung, que sería universal, el mismo para toda la humanidad. El inconsciente compartido es relativo a un macrosistema. Los que hablan lenguas indoeuropeas comparten unas estructuras; los que hablan lenguas semíticas, otras. Y se encajan como cajas unas dentro de otras: el español está dentro de las lenguas romances, que están dentro del indoeuropeo. Cada caja comparte algo con las de fuera y tiene algo propio.

Y hay una advertencia que no puedo dejar de ponerte:

Lo que queda abierto

Una ciencia que ya lo sabe todo no es una ciencia: es un catecismo. Por eso quiero terminar con las preguntas que siguen abiertas. No son deudas del manual; son el trabajo que queda por hacer, y alguien tiene que hacerlo. Tal vez tú.

  1. ¿Qué son los códigos? ¿Se descubren, como se descubre una estrella? ¿Se construyen, como se construye un mapa? ¿O las dos cosas a la vez, sin que podamos decir dónde termina lo encontrado y empieza lo hecho?
  2. ¿Cuánto ayuda el código a aprender, y cuánto la práctica que lo acompaña? Sabemos que la memoria ama las conexiones. No sabemos todavía medir cuánto aporta el código en sí, separado de todo lo demás.
  3. ¿Por qué convergen palabras que no son parientes? Mucho y much, día y day: el mismo código y el mismo sentido por caminos distintos. Una parte puede ser azar, y hay que contarla. Lo que quede después de contar es una de las preguntas más interesantes de la disciplina.
  4. ¿Cómo se comparan macrosistemas distintos? Sabemos que no se deben mezclar. No sabemos todavía bien qué es lo que sí se puede comparar entre ellos.
  5. ¿Qué pasa en el cerebro? La zona de Meulemans es una hipótesis. Hace falta mucha investigación para saber si tiene algo de cierto.
  6. ¿Qué dice la voz que las palabras no dicen? La psicofonología apenas empieza a tener instrumentos para estudiar la micromusicalidad, el endorritmo, el temblor.

No son preguntas pequeñas. Tampoco son preguntas imposibles. Así han empezado casi todas las cosas que después supimos: con alguien que aprendió a mirar algo que todavía no tenía nombre.