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Las palabras tienen hueso

Parte IV · Capítulo 12

El espejismo

Caras en las nubes

Seguramente te ha pasado. Miras una nube y ves un perro. Miras un enchufe y ves una carita asustada. Ves el frente de un coche y parece que te sonríe. Te aparece tres veces el mismo número en un día y sientes que el universo te está diciendo algo.

Esta tendencia a ver conexiones y figuras donde no las hay tiene nombre: apofenia. No es una enfermedad, ni un defecto de otros. Es el precio de tener una mente que busca patrones, es decir, de tener una mente. Nuestros antepasados que veían un tigre en cada sombra sobrevivían más que los que no veían ninguno; heredamos de ellos una mente que prefiere ver de más a ver de menos.

Y aquí tengo que ser muy honesto contigo: la apofenia no es lo contrario de lo que este manual enseña. Es su motor sin frenos. La misma capacidad que te permite ver que padre y father son parientes te puede llevar a ver parientes donde no hay nada. Este capítulo es sobre los frenos.

La mejor lección que conozco

Te lo prometí desde el principio. Aquí está.

españolinglés
palabramuchomuch
significamuchomucho
esqueletom · chm · ch
códigoϺ · ΣϺ · Σ

Mismo sentido. Mismo esqueleto. Mismo código. Si alguna vez en todo este manual hubo dos palabras que parecían gritar «¡somos parientes!», son estas.

Y no lo son.

Mucho viene del latín multus. Much viene del inglés antiguo micel, que quería decir «grande», y que viene de una raíz protoindoeuropea completamente distinta. Las dos palabras llegaron por caminos que no se tocan, y aun así terminaron sonando casi igual y significando lo mismo.

Pero la historia tiene una vuelta más, y es la mejor parte. Si much no es pariente de mucho, ¿de quién es pariente? De una palabra que usas todo el tiempo sin pensarlo: el griego mégas, «grande», el de mega-. Megáfono, megabyte, megaconcierto: ahí está el primo de much. También es pariente del latín magnus, el de magno y magnitud. Y mucho, ¿tiene primos en inglés? Sí: el latín multus está en multi-. Multitude, multiple, multimedia.

palabrasu pariente verdadero en la otra lengua
mucho (latín multus)inglés multi-: multitude, multiple
much (inglés antiguo micel)español mega- y magno: megáfono, magnitud

¿Ves lo que pasó? El ojo vio mucho = much y creyó ver un parentesco. En eso se equivocó, y ese es el espejismo: la historia dice que los parientes verdaderos estaban escondidos en lugares donde nadie los buscaría, en un prefijo de tecnología y en uno de matemáticas.

Hay más casos así:

el parecidolo que dice la historia
día y dayno son parientes. Día viene de una raíz que significaba «cielo», la misma de dios. Day viene de otra, que significaba «arder».
haber y haveno son parientes. Have viene de la misma raíz que el latín capere, «tomar»: su primo español es capturar.

Espejismo, sí. Pero el parecido sigue ahí

Hasta aquí la historia contestó una pregunta: ¿son parientes? No, no lo son. Pero hay una segunda pregunta que la historia no contesta: entonces, ¿por qué se parecen tanto? Es muy fácil confundir las dos, y se puede fallar en las dos direcciones.

  1. Creer que son parientes. Ese es el espejismo, y lo es. Lo comprobamos con la lingüística histórica, y no hay vuelta que darle.
  2. Creer que, como no son parientes, no hay nada. Este error es igual de grande, y es el que casi nadie ve. Mucho y much siguen siendo prácticamente lo mismo: el mismo hueso, el mismo código, el mismo sentido. Día y day también: un solo sonido de dientes, y las dos nombran el día. Eso no es ninguna ilusión. Es un hecho que cualquiera puede comprobar.

La ilusión no estaba en el parecido. Estaba en la explicación que el ojo le puso: el parentesco. Cuando la historia quita esa explicación, el parecido no desaparece. Se queda ahí, sin explicar.

Y aquí la endolingüística hace algo que la lingüística histórica, por su propio método, no hace: registra la coincidencia como una relación. Cuando dos palabras de historias distintas llegan al mismo código y al mismo campo de sentido, la endolingüística lo llama convergencia. No es un parentesco, y se anota aparte de los parentescos para no confundirlos nunca. Pero tampoco se tira a la basura. Ya viste otras en este manual: el italiano caldo («caliente») y el inglés cold («frío»), que vienen de familias sin parentesco, tienen el mismo código Χ·Λ·Θ y están en los dos extremos del mismo eje, la temperatura (capítulo 4); tierra y rueda, con el mismo núcleo en orden inverso.

¿Por qué pasan las convergencias? Nadie lo sabe del todo. Puede haber algo de azar: las consonantes son pocas y las palabras muchas, así que algunos encuentros son de esperarse, y eso hay que contarlo antes de afirmar nada. Puede haber algo de cómo el cuerpo hace y siente los sonidos, como viste con las vocales en el capítulo 10. Puede haber algo que la endolingüística todavía no sabe nombrar. Mientras no se sepa, el lugar honesto para mucho y much es una casilla abierta: una relación que se ve, que se puede comprobar, y que todavía no tiene explicación completa. Ni se inventa un parentesco que no existe, ni se despacha el parecido con un «es pura casualidad», que cierra la pregunta sin contestarla.

Ahí está el misterio de la coincidencia, y es uno de los más bonitos de todo el manual.

El árbitro

Entonces, ¿qué separa el hallazgo del espejismo? No la operación: las dos cosas consisten en ligar lo que estaba suelto. Lo que las separa es el árbitro.

En el juego de aprender idiomas, el árbitro es la historia. El parentesco de padre y father no es una impresión: está documentado eslabón por eslabón. El de mucho y much no existe, y un diccionario etimológico te lo dice en un minuto. Todo el método cabe en un gesto doble: ver la conexión, y preguntarle a la historia de qué tipo es. Ver sin preguntar es delirar con método. Preguntar sin ver es no jugar.

Pero fíjate bien en lo que decide ese árbitro. La historia dice si hay parentesco. No dice si hay relación. Una convergencia como mucho y much pasa por el árbitro sin parentesco, y sigue siendo una relación que hay que explicar.

Tres registros

Pero la cosa no es tan simple como «historia sí = verdad, historia no = mentira». Hay un territorio intermedio, y callarlo sería deshonesto.

La endolingüística distingue tres registros del sentido, tres maneras en que una conexión entre palabras puede existir:

  1. Sentido hallado. La conexión ya está hecha; la historia la garantiza. Padre y father. Es un hecho.
  2. Sentido construido. La historia no garantiza la conexión, pero tampoco es un delirio: alguien la construye con una interpretación, la declara como interpretación y responde por ella.
  3. Sentido proyectado. Alguien afirma una conexión como si fuera un hecho, donde no hay nada que la sostenga. Eso es la apofenia.

Sólo el tercero es el error.

Con mucho y much se ven los tres registros a la vez. Que se parezcan en código y en sentido es un hecho: eso está hallado. Decir que son parientes sería proyectado: la historia lo desmiente. Y cualquier explicación que alguien proponga de por qué se parecen es, por ahora, construida: vale si se declara como lo que es.

Un ejemplo del segundo registro, el sentido construido. Hay un grupo de palabras españolas que muchas personas de esta tradición aprecian: casa, caer, caso, causa. Se puede leer un hilo entre ellas: la casa como el lugar donde uno por fin cae a descansar; el caso como lo que nos cae enfrente; la causa como aquello por lo que las cosas caen de un lado y no del otro. ¿Es esto un hecho histórico? No, y nadie serio lo presenta así. Es una lectura: un sentido que se construye y que vale lo que valga su capacidad de iluminar algo.

La diferencia entre la lectura y el espejismo no está en la operación. Está en la honestidad del gesto. El espejismo dice «esto significa aquello». La lectura dice «esto puede leerse así», y se hace cargo.

Casi toda la poesía vive en el segundo registro. El poeta junta palabras que la lengua dejó cerca y les saca un sentido nuevo. La operación del poeta y la del que ve caras en las nubes es la misma. Lo que los distingue es que el poeta sabe que está construyendo, y lo firma como construcción.

Cuando el espejismo se vuelve historia

Una última vuelta, porque la realidad es más interesante que las reglas.

El inglés tiene una palabra, crayfish, que nombra a un crustáceo de río, algo así como un langostino pequeño. Parece una palabra compuesta: cray + fish, «pez». Pero el animal no es un pez, y la palabra no se hizo así. Viene del francés antiguo crevice, que no tiene nada que ver con peces. Los hablantes de inglés oyeron ese final, -vice, y les sonó a fish. Vieron una conexión que no estaba. Y como todos la vieron, la palabra cambió: hoy se dice crayfish.

A esto se le llama etimología popular. Desde el punto de vista de la historia, fue un error. Pero ese error, compartido por toda una comunidad, rehízo la palabra. La apofenia de muchos, cuando se vuelve costumbre, se vuelve historia.

Esto nos enseña algo fino. Decir «eso es apofenia» también es un juicio, y todo juicio tiene un alcance. Es apofenia respecto de la historia de la palabra. No lo es respecto de cómo la usan hoy sus hablantes. Cuando digas que algo es un espejismo, di también para quién y a qué escala.

Seis preguntas antes de creerte una conexión

Guarda esta lista. Te va a servir con los idiomas, y más allá de ellos.

  1. ¿Lo comprobé? ¿Busqué la etimología en un diccionario, o me estoy fiando del parecido?
  2. ¿Es la misma familia de lenguas? Si estoy comparando lenguas de macrosistemas distintos, la conexión no es herencia: es préstamo o convergencia.
  3. ¿Estoy sumando clases? Si mi explicación dice «esta consonante significa esto y aquella significa aquello», me salí del método.
  4. ¿Conté las que no encajan? Dos ejemplos bonitos no prueban nada. ¿Cuántas palabras con ese código no tienen nada que ver con lo que digo?
  5. ¿Lo estoy diciendo como hallazgo o como lectura? Si es una lectura, lo digo. No pasa nada: las lecturas son valiosas, siempre que se presenten como lo que son.
  6. ¿Sobrevive a alguien que no piensa como yo? Si se lo explico a una persona escéptica, ¿qué me contesta?

Queda la pregunta más grande de todas, la que tal vez te hiciste en algún momento de este manual. Si los códigos no son significados, si no son sólo historia, si no son pura casualidad… ¿qué son? El último capítulo no tiene la respuesta. Pero te dice hacia dónde mirar.